Un día, saliendo de trabajar podía ver que llegaba mi ómnibus, celeste con blanco, subí, me senté y luego de un tiempo cerré los ojos como para descansar, no dormir, cuando los abrí, miré a través de la ventana ¿Estaba soñando o qué? no podía reconocer nada. Cuando pregunté me di cuenta que el ómnibus que había tomado era el mismo color pero no era mi ruta, trataba de reconocer algún lugar, pero nada. De pronto vi el carro con el que tenía que hacer conexión, bajé pero mientras tanto ... se fue.
Me quedé parada esperando, pero el tiempo pasaba y pasaba, el ómnibus no llegaba, yo creo que habrían pasado dos horas, ya estaba atardeciendo ... cuando un señor se me presentó y me dijo que él había pasado por ahí mismo como tres veces, se había dado cuenta de que yo estaba ahí por tanto tiempo. Me preguntó: ¿Sabes en dónde estás?, le dije que no, él me lo dijo ... Yo estaba en una de las esquinas más peligrosas de la ciudad. Mi vida había estado en peligro, a punto de la muerte quizá.
A veces sin darnos cuenta llegamos a lugares que no conocemos; como la calle de la tristeza, la calle de la desesperación, la calle del dolor, o a esa calle principal, la de la amargura, la cual desemboca en la calle de la depresión, que es la más peligrosa de todas ... como esa calle en la que estuve yo parada por dos horas.
Como llegamos a esos lugares? La falta de perdón nos lleva al barrio de la amargura. Este nos lleva a la desesperación, y comenzamos a caminar por la vida, sin sentido; nos metemos como en un laberinto, y no encontramos la salida.
La única ruta que nos sacará de ahí es el Perdón y ahí está dispuesto para tí, dispuesto para mí, es Jesucristo, míralo, ahí está su mano, tómala Él te guiará a las calles del Amor y de la Esperanza.
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